Por Julia Napier
"Tuve la suerte de conocer a Luna Paiva cuando nuestros hijos eran muy pequeños. Nos acompañamos durante esa primera maternidad, compartiendo el desafío de seguir nuestras profesiones y estar presentes como madres. De inmediato me impactó su belleza, talento y autenticidad. Vi su calidez y generosidad Latina y también descubrí en ella una reticencia europea. Como vivió años en el exterior, sabe muy bien lo que es no sentirse en casa, cosa que yo experimento todos los días. Su obra refleja estos espacios híbridos, extra-ordinarios.
Mi texto se basó en mi experiencia de vida con ella y con su madre Teresa, de pasar la tarde en sus casas de Villa Crespo, de verlas trabajar, de observarlas como familia, como madres y como profesionales.
Siempre me han fascinado sus contradicciones. Pertenecen a un grupo social de privilegio pero nunca eligieron la vía fácil o convencional. Son mujeres muy Argentinas, que han elegido muy conscientemente vivir en su país, aún en sus momentos más complejos.
Luna une dos familias radicalmente distintas, varios países (la Argentina, Francia, Paraguay), diferentes religiones, la fotografía y la escultura. Teresa es, sin lugar a duda, una de las mujeres más elegantes que he conocido, pero detrás de esa belleza permanece una ética y un compromiso que han marcado la historia de este país.
Quise retratarlas para el Libro Mujeres Argentinas para subrayar una vez más la diversidad fascinante que ellas representan, de cuántas vidas co-existen en una sola", agrega Julia.
El libro Mujeres Argentinas vidas- retratos-momentos de editorial Visión Argentina autorizó la publicación de esta nota.
La puerta de la casa de Teresa Anchorena es vieja y se le cae la pintura. La vereda está sucia. Un transeúnte nunca se imaginaría que del otro lado del portón se encuentra una de las colecciones de arte contemporáneo argentino más sorprendentes de Buenos Aires. Esta puerta anónima en esta calle desconocida del barrio de Villa Crespo no se corresponde con una familia ilustre como lo son los Anchorena, pero Teresa nunca ha sido como corresponde.
La puerta de la casa de Luna Paiva, una cuadra hacia el este sobre la misma calle, es de chapa negra. Sobre ella está garabateado, con restos de pintura blanca, el número de la casa. Un transeúnte nunca creería que del otro lado hay un loft resplandeciente de dos pisos con un jardín en el medio y una escultura luminosa de un pájaro. La gente de este barrio tiene otras preocupaciones, lleva otra vida.
Teresa Anchorena y su hija Luna Paiva nacieron en un mundo que les dio la posibilidad de elegir. Fueron a los mejores colegios y hablaron francés desde pequeñas. Estudiaron en París y se casaron con artistas. Fueron niñas lindas que se convirtieron en mujeres aún más bellas.
Teresa eligió irse de la comodidad conservadora de Buenos Aires para experimentar los riesgos de París. Seguía al padre de Luna, el fotógrafo y pintor Rolando Paiva. Él no era el pretendiente que los Anchorena soñaban para su hija. Hijo de un revolucionario paraguayo y una refugiada polaca, Paiva se crió en orfanatos mientras sus padres luchaban en la Resistencia francesa. Hablaba cinco idiomas, todos con acento; era de todas partes y de ningún lado. Nacido en Francia, decidió vivir allí y Teresa eligió ir con él.
Teresa fue a París en busca de la vanguardia, pero se encontró con una carrera política. Su propio tío, el embajador Tomás Anchorena, la denunció por subversiva, y Teresa empezó a trabajar en derechos humanos. Se había ido de la Argentina por voluntad propia, pero descubrió, de pronto, que no podía volver. En París conoció a los Radicales exiliados que luego formarían parte del gobierno democrático de Alfonsín. Teresa se unió a ellos.
Teresa ha dedicado su vida a la intersección entre el arte y el servicio público, la bohemia y el establishment. Como directora del Centro Cultural Recoleta, marcó el rumbo cultural de la ciudad durante años; como Diputada escribió una ley histórica para preservar el patrimonio arquitectónico de la Argentina; como galerista, sigue introduciendo artistas al mundo.
Uno de esos artistas es su hija Luna Paiva. Luna estudió Historia del Arte en La Sorbonne en París –un detalle que suena a cuento de hadas pero requiere mucho trabajo. Cuando estaba ‘ingresando en el sistema’ como actriz se dio cuenta, en un instante de lucidez, de que la actuación no la haría feliz . Empezó a estudiar fotografía con su papá, pero duró poco. Las primeras fotos buenas de Luna son de las flores del velorio de su padre.
Luna eligió volver a la Argentina, otra decisión en la cual privilegió la experiencia en lugar del éxito. Los argentinos que pertenecen a la clase social que goza de la posibilidad de elegir conocen esta dinámica de memoria: exiliarse para triunfar, volver para amar.
Desde Buenos Aires Luna ha creado su propio nombre, exhibiendo –y vendiendo– su obra en Nueva York, Londres y Frankfurt. Su última muestra retrató a vedettes argentinas, vestidas para el escenario, pero en los livings de sus casas. En Paraguay rapé, creó un diorama de la selva en tres dimensiones. Su padre era conocido por resucitar una técnica del siglo XIX con la cual pintaba sobre los negativos de las fotos para producir un efecto puntillista y esfumado. La fotografía de Luna se ha vuelto cada vez más escultural, desafiando los límites del marco.
Luna tiene dos hijos con el wunderkind Leandro Erlich. Leandro vuela de Nueva York a Tokio, armando sus instalaciones en museos de primera línea, mientras Luna sostiene su vida en Buenos Aires, con un bebé en la falda mientras edita fotos. Como tantas madres de su clase y generación, negocia entre la responsabilidad, la culpa y el deseo. Ella es una madre que trabaja, una artista que vende: la confluencia entre revolucionarios y oligarcas.
En este país es fácil confundir arte con artificio. Es fácil confundir poder con interés propio. Es fácil confundir a Teresa Anchorena con señoras que toman el té o a Luna Paiva con artistas que triunfan gracias a sus padres. Pero todas estas suposiciones son erradas. A la gente le encanta subestimar a estas mujeres –porque son bellas y nacieron con opciones– pero Luna y Teresa han surcado caminos únicos y osados. Han tomado decisiones propias en un país que tiene la costumbre de decidir por las mujeres. Han elegido este país a pesar de sus obstáculos y dolores. Mantienen casas hermosas detrás de fachadas anónimas, tanto como ellas son más fuertes de lo que sugiere su belleza. Tienen puertas comunes que llevan a interiores extraordinarios.




