Una clienta con un estilo y gustos familiares para ellos, en una nueva situación de vida que requería menos metros pero mucho ingenio para aprovecharlos. La libertad para crear que otorga quien demanda innovación. Y la propia acumulación de experiencia en arquitectura y paisajismo, que facilita que diseñar sea ni más ni menos que un juego. Tal una fotografía del desafío que aceptaron los titulares del Estudio Pondal - Malenchini al hacerse cargo del proyecto de una casa en un barrio privado de San Isidro para una señora con quien ya habían tenido el gusto de trabajar.
“Ella quería algo muy contemporáneo. Es una persona a la que le divierte estar a la vanguardia. Nos dio algunas pautas estilísticas y también parámetros de adentro hacia fuera: nos dijo por ejemplo cómo le gustaba el living para ver sus cuadros y el baño para mirar las estrellas. Entonces, en función de premisas de ese tipo, pudimos jugar con un montón de ideas. La casa está pensada muy a medida, muy para ella”, resume Diego González Pondal.
El arte fue, indudablemente, el niño mimado del proyecto. “Ella pinta y colecciona, por lo tanto necesitaba mucho espacio para colgar obras. Por eso pensamos en generar muros ciegos hacia la orientación de mayor entrada de luz, y grandes ventanales hacia el sur; con esto y aberturas cenitales en baños y dormitorios, la luz entra de manera indirecta desde distintas partes”, se explaya el arquitecto.
La necesidad de prever grandes superficies de exhibición tuvo enormes repercusiones en la arquitectura, de hecho la fachada resulta de este dilema. Explica Pondal: “Queríamos que la casa tuviera cierta lectura de museo moderno. Entonces diseñamos un gran volumen revestido en chapa oxidada, y ese fue el gran challenge constructivo, porque la dejamos oxidar de forma natural; cortamos el proceso justo donde nos gustaba para que hubiese texturas y determinado color; lo bautizamos óxido controlado –detalla con simpatía. Además, hicimos en la parte inferior un zócalo de venecitas negras que, con los canteros de piedra bola que lo bordean y la iluminación que le dimos, genera un aspecto como si el volumen flotara.
Hay una contradicción entre lo pesado de la chapa con que parece que estuviera en el aire. Nos gustan mucho estos contrastes”, concluye. Una arquitectura escultórica, por cierto, concebida como lugar para el arte en un sentido doble: taller de creación y espacio de exposición. Arte al cubo.
Volviendo al perfil de la clienta, en esa etapa de la vida en que el silencio vuelve a apropiarse de los espacios y el ritmo no es otro que el que impone uno mismo, ella quería una casa más chica que la anterior, sencilla de mantener y con una estructura flexible. Un lugar donde vivir, trabajar y recibir visitas con máxima fluidez.
“Pensamos una planta baja con un living, comedor con cocina incorporada, taller, la suite principal y un cuarto de huéspedes. Y, arriba, un family-room con baño. No son muchos metros pero el juego de volúmenes y el hecho de que cada espacio tenga su identidad estando a la vez unido al resto, la hace parecer más grande”, analiza el arquitecto. “Yo quería tener todo integrado –living, taller, cocina, comedor–, y ellos diseñaron unos paneles de hierro corredizos. Cuando el taller está muy desprolijo y viene gente, los puedo cerrar, o también abrir para hacer la gran fiesta. Además permiten colgar obra, podés cambiar de lugar los cuadros y va mutando la decoración. En esta casa me siento muy contenida; es alegre, divertida, tiene confort y tranquilidad. Diría que es un cubo interactuado, un cubo vivo” describe complacida su moradora.
Las paredes de doble altura del living y el taller despliegan sus propios cuadros así como obras de Demirjian, Santoro, Cuttica, Lavallén y Gustavo Godoy, entre otros.
Una vaca que fuera presentada en una de las ediciones vernáculas del Cow Parade las observa desde un puente metálico que se pensó justamente como puesto para la contemplación de arte. Uno de los elementos plásticos de esta arquitectura como también lo es la escalera, núcleo que articula el volumen prismático con los ejes de los distintos ambientes y corazón visible de la estructura.
El diseño paisajístico corrió por cuenta del mismo equipo. “A nuestra clienta le encanta el jardín pero también en este punto quería desentenderse de un mantenimiento complicado”, describe González Pondal. “Acababa de estar en Vietnam y estaba fascinada con la idea de sentirse en un ambiente subtropical. Entonces lo que hicimos fue armar recintos más cerrados para proteger las plantas de grandes hojas de los vientos. Pusimos canteros elevados a distintas alturas con plantas tropicales, algunas con fuertes perfumes: Frangipani, cañas de ámbar, distintos tipos de jazmines y floripondios o Datura”, puntualiza quien resulta la pata experta en Landplanning de la sociedad.
Casa y jardín componen un ejemplo acabado del tipo de proyectos que viene realizando en el último tiempo el Estudio Pondal-Malenchini, cuya declaración de principios más actual habla de “una fusión de arquitectura moderna con identidad local y sensaciones espaciales tomadas de la arquitectura oriental”.
“Con Diego y Fernando hablamos el mismo idioma. Esa conexión es fundamental –afirma la dueña de esta nueva versión del cubo mágico. Uno valora lo que sabe el arquitecto que es eso que vos querés pero no sabés expresar”. Lingüística aplicada a la arquitectura, la suya es una perfecta definición de comunicación feliz.
Esta nota se mantiene fiel a su publicación original en D&D 120, Diciembre 2010
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