En nuestro país existe una inclinación a separar la cuestión universitaria de la temática “cultural”. Por lo menos, eso ocurre en la cobertura mediática, en las competencias de la administración pública, y hasta en los grupos sociales involucrados en una y otra dimensión del quehacer local. Lo “cultural” es todo aquello relacionado con la literatura, las bellas artes, y las expresiones teatrales y musicales; y la universidad se circunscribe a lo científico técnico y a lo “profesional”. Lo cultural tiende a ser vinculado a lo artístico, el ocio, o incluso a la diversión, y lo universitario a lo científico-productivo. Esta separación, sin embargo, no es positiva. Nuestra cultura nacional debería estar empapada a fondo, en todas sus aristas, de los rasgos que la vida universitaria y académica imprimen a la cultura en todo el mundo. Pero es muy probable que el esfuerzo mayor, en el caso de la Argentina, lo tenga que hacer la universidad. En primer lugar, hay que decir que nuestra universidad es poca. Únicamente alrededor del 15 % de nuestra población económicamente activa posee un título terciario, la mitad de ellos un grado universitario, y la otra mitad un terciario no universitario (tecnicaturas). Cualquier país de Europa o América del Norte, según mediciones del año 2006, tiene 40 % o más de sus adultos con título terciario, dos tercios de los cuales son universitarios. Si nuestra universidad es poca, no extrañará que reciba poca atención y que sus efectos sean también nimios. Pero la educación superior en la Argentina no sólo es escasa, sino que además no promete mejorar mucho en el próximo siglo, de no mediar un cambio verdaderamente importante. Considerando las ocho décadas que mediaron entre 1930 y 1990, en ese tiempo se ganó un 1% adicional por década en la proporción de jóvenes que obtenían un título universitario. A este ritmo faltan dos siglos para que 30% de los chicos remate su educación con un título, como es el caso de cualquier país desarrollado de hoy. A modo de comparación, se puede decir que en Australia, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Nueva Zelanda, o Polonia, esa proporción es hoy, del 40%. Dicho de otro modo, respecto de los países europeos o de la América del Norte, llevamos un bicentenario de atraso. Además, según datos oficiales, en 2003 hubo un 22% de alumnos de nuestras universidades que no rindió ninguna materia ese año, nuestros estudiantes demoran un 60% más del tiempo previsto para culminar sus carreras, y en la mayoría de los casos (7 de cada 10), nunca se reciben. Los datos son elocuentes; para que nuestra vida cultural se impregne del espíritu que la universidad y la academia podrían propiciarle, de toda esa frescura juvenil inquieta, dedicada, con la esperanza de cambiar el mundo mediante los estudios, el debate de ideas, y la curiosidad, para recibir esta riqueza probablemente debamos no sólo aumentar el acceso a nuestros claustros, sino reformular seriamente sus programas de estudio y de otorgamiento de títulos. Decimos esto porque nuestro plantel profesional no tiene ninguna relación con las necesidades del país ni con las tendencias mundiales, y mucho menos con la riqueza de disciplinas que se pueden abordar desde la ciencia. La Argentina posee, al año 2005, 858.222 profesionales, la mayoría en actividad. De estos, 200.000 son médicos y 148.000 abogados. Esto resulta en 5 médicos cada mil habitantes, cuando la Organización Mundial de la Salud y la mayoría de los expertos recomiendan 1 a 2, y en que podemos jactarnos de contar con más abogados que Alemania, aún teniendo la mitad de su población. Todo esto frente a un mundo que requiere ingenieros, químicos, biólogos, y físicos. Ahora bien, además de cambiar el perfil del graduado que se busca, debemos aumentar sensiblemente la producción de la vida académica. Si bien esto es muy difícil de medir, una referencia válida en la mayoría de los debates sobre el tema, es la producción de publicaciones científicas internacionales. Aquí también se ha encendido una luz roja. Hoy la Argentina publica dos o tres veces menos trabajos científicos originales de medicina, física, o química, que el Brasil, cuando en los '80 publicaba lo mismo o más. En un artículo recientemente editado en Business Week, Michael Porter sostiene que Estados Unidos no podrá siquiera plantear una estrategia de desarrollo económico a largo plazo, sin poner el foco en su sistema de educación superior. Si esto es verdad para el país más rico de la Tierra y poseedor del sistema universitario más desarrollado de la historia humana, cuanto más se aplicará a nuestra embrionaria realidad nacional. Así lo entendieron Corea del Sur, Chile, o Brasil. El problema es grave y posee consecuencias extraordinarias sobre nuestra cultura nacional. Los festejos del bicentenario mostraron a un país ávido de expresión, y con un talento extraordinario para ello. Además mostraron un país cuya vena artística es innegable. Pero no pudieron ocultar los serios inconvenientes que surgen para nuestro pueblo de la pobreza, la falta de educación, y de salud. Vimos enormes recursos materiales y espirituales, asistimos a una gran vocación colectiva, pero igualmente se nos hizo patente la inmensa deuda social. Todo para hacer, y todo por hacer. Nuestra Universidad debe ser un actor de privilegio en esta empresa, y su aporte se hará sentir de manera inequívoca en una “nueva cultura nacional”, con las improntas del diálogo académico, la precisión científica, y las posibilidades infinitas de la tecnología. En los festejos del Bicentenario vimos cómo nuestras expresiones culturales llamaban a gritos a la Argentina de la Ciencia y la Técnica. Pero como se amonesta en la Divina Comedia a quienes deben expurgar la pereza, también el futuro nos dice a nosotros: “Ratto, ratto, che’l tempo non si perda per poco amor!”; rápido, rápido, que el tiempo no se pierda por tener poco amor.* Carlos Javier Regazzoni es Médico y Doctor en Medicina, UBA. Diploma en bioestadística, UBA, y Diploma de Estudios Filosóficos, Universidad Austral. Residencia de Medicina Interna, Hospital de Clínicas, UBA. Médico de planta honorario, hospital de Clínicas, y médico de INECO. Ex Subsecretario de Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (2008). Publicó trabajos científicos en revistas internacionales, coautor en dos libros y más de 20 artículos en diarios y revistas nacionales. Premiado cinco veces: Academia Nacional de Medicina, Asociación Médica Argentina, Asociación Médica del Hospital de Clínicas, y Congreso Internacional de Medicina Interna del Hospital de Clínicas (1995, 1995, 2005, 2005, 2008). En 2000, beca de Asociación Argentino-Española de Medicina en Barcelona. Eisenhower Fellowship (2004). Docente de fisiopatología y medicina interna. Ha dado conferencias sobre salud y sobre vida universitaria. Miembro del comité ejecutivo del Instituto Cultural Argentino-Norteamericano, y consultor del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI). Además promueve las artes plásticas, tema sobre el que escribió varios artículos.
*El Martes 15 se presentará el libro "La misión política de la universidad" de Carlos Javier Regazzoni. En la Facultad de Derecho (UBA), primer piso. A las 18. Más Información: Instituto de Investigaciones Jurídicas y Sociales "Ambrosio Lucas Gioja" Av. Figueroa Alcorta 2263, 1er piso / Tel.: 4809-5600 (Int. 5632) Correo electrónico:
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